El ejemplo vale para el tema que me toca exponer sobre Calentamiento Global que es una manera de ver el Cambio Climático. Hay muchos que pregonan por ahí que no existe, que es exageración de unos pocos científicos agoreros.
Generalmente suelo decir que el Calentamiento Global es un síntoma de un proceso mayor de cambio o transformación, o bien, de crisis. El calentamiento de la tierra es como la fiebre del cuerpo, que nos advierte que una perturbación mayor del equilibrio interno del cuerpo está afectando la salud global; es decir, estamos enfermos. Este proceso mayor que sintomatiza en el cambio climático es la crisis de ecológica, ambiental, humana; bien podemos decir que se trata de una crisis creacional.
Tenemos muchos datos técnicos e informaciones científicas que nos han permitido constatar la realidad y ver que la crisis ambiental no es un mero desquicio de unos pocos ambientalistas “verdes”. Como en un espejo, la crisis ambiental nos muestra la crisis de valores de los hombres y mujeres que no hemos hecho otra cosa durante las últimas décadas que soñar (o delirar) con un futuro tecnológico de bienestar creciente y progresos ingenuos, sin cuestionarnos si los modos o maneras de llevar a cabo nuestra actividad tenían cabida en el ritmo de global de la biosfera que se entrama con la delicada complejidad de cada ecosistema viviente, entre ellos el humano.
¿Y qué hemos visto?
Son hechos reales la degradación de suelos, la contaminación de ríos y mares, la masiva deforestación y extinción irreversible de la biodiversidad de nuestro planeta, el agotamiento de los recursos energéticos (léase, petróleo, carbón, gas), el calentamiento global, etc., etc., junto con la brecha creciente entre los más ricos y lo más pobres, el aumento del hambre mundial, la desnutrición severa, escasez de alimentos y agua dulce en vastas poblaciones mientras se registran récords mundiales de cosecha de granos, a la par de la translocación de industrias pesadas altamente contaminantes y extractivas (mineras, pasteras) hacia áreas periféricas del “mundo desarrollado”… Apenas un 25% de la población mundial hoy en día devora el 80% de los recursos naturales de la tierra, muchas veces irreversiblemente.
El calentamiento global es un síntoma global de un modelo socioeconómico global que no va más. Veamos: La temperatura de la tierra aumenta porque hay más emisión de gases de efecto invernadero (CO2, etc.), se emite más porque se consume más energía, la energía proviene de recursos no renovables en su mayor parte; los recursos están al límite del agotamiento; la energía consumida responde a un estilo de vida del consumo exacerbado (consumismo), diríamos que casi lujurioso en comparación con otros estilos de vida asociados al 50% de la población mundial. El consumismo se ha impuesto como única vía para el desarrollo de la vida occidental por los fuertes intereses creados en el ámbito económico de empresas locales y globales. La única aspiración de todo ser humano en la vida, nos dicen, es obtener ganancias y maximizarlas. La maximización de la ganancia es a costa de lo que sea, es decir, a costa de la vida de muchas personas y del ambiente. El verdadero costo, el de la entropía que tiene en cuenta la capacidad de recuperación de los ecosistemas, de toda actividad económica realizada por el hombre, es la hipoteca existencial de las generaciones futuras, que no contarán con fuentes de energía suficientes para la vida, ya que hoy se aniquilan por doquier todas las posibilidades de creatividad natural y humanas potenciales al mínimo costo, pero eso sí, la máxima ganancia.
¿Qué Aprendemos?
Hasta ahora todo lo anterior son datos técnicos y científicos que nos informan. El paso importante es pasar de la información a la formación. La formación del ser humano siempre requiere una toma de decisión, nacida del discernimiento a partir de los datos de la realidad personal y global. El discernimiento es en los valores, somos seres necesitados y pensantes, somos cuerpo, mente y espíritu. El cuerpo que es materia nos solidariza permanentemente con la naturaleza, somos hijos de las estrellas y amebas, no caben dudas. Al mismo tiempo somos mente y espíritu, lo cual nos asemeja al Creador, cuyo ejercicio vital es el permanente discernimiento de lo bueno y de lo malo. Es hora de discernir lo valores de nuestra vida. Los valores son aquellos núcleos de ideas esenciales (podemos llamarles ideales vitales, existenciales) que cargamos de fuerza afectiva, humana; es decir, que los valores nos movilizan. Una vez vistos, iluminados por el espíritu, los valores mueven nuestros deseos y aspiraciones, nuestro cuerpo. Ellos tejen en una sola trama lo específicamente material del ser humano y lo específicamente espiritual de lo humano: el entramado es nuestra historia vivida, la historia humana, que puede ser historia de salvación en la medida que los valores sean los del Reino.
¿Qué podemos hacer?
El mundo está que arde y han sido nuestros valores los primeros en arderse. Podemos todavía transformar nuestros valores limitados a lo excesivamente inmediato y acotado. Un valor es esencial, primero, si coopera en la apertura a los otros, a la inclusión de los otros en mi vida. Alguna vez debo experimentar haberme sentido tocado y afectado por la realidad de los otros: el prójimo me debe importar. De lo contrario, la vida transcurre como en un frasco de vidrio, se ve muy lindo pero no se puede gustar y oler lo bello que hay dentro. En segundo lugar, un valor es esencial si me lleva a más, o como dice Benedicto XVI en Caritas in Veritate, si me lleva a ir un poco más allá, de la inmediatez de mis necesidades y deseos. Ese más allá para el creyente es la clave de la trascendencia. El hombre está llamado a trascender, esa es su vocación.
El progreso humano es siempre creciente, el hombre está llamado a ser santo como Dios. El desarrollo integral humano integra cada una de las facetas del hombre (educación, trabajo, vivienda, salud, etc.) en un proyecto que va un poco más allá. La lógica de este proyecto es la de la gratuidad y el don: todo es un regalo que se nos ha dado. No soy dueño exclusivo de una parcelita de bienestar. Es inmerecida la misma vida. El Creador es el Señor de la Tierra, no mi ego. Si acepto esta lógica como principio, ya no hay cabida para la maximización de la ganancia a costas de quien sea. Quizás, yo empresario, campesino, agricultor, quien sea, deba aceptar con serena calma que mi plenitud está en dejar pasar un gran negocio, o quizás perder una oportunidad única. Sólo allí está la auténtica salvación, todo lo demás es más de lo mismo, porque se queda en el aquí y ahora oportunista, y no va un poco más allá.
Al mismo tiempo, quien vive un poco más allá, descubre que pocas cosas son importantes para ser feliz, que no necesito tantos bienes materiales de consumo apilados en mi alrededor para progresar. Los santos de todos los tiempos han llamado a este descubrimiento, un caer en la cuenta que el auténtico progreso está en ir de un mundo múltiple y repleto a otro simple y vacío, desprendido, generoso, abierto. La austeridad de vida aparece como valor esencial ya que contempla las posibilidades reales del ambiente y de las generaciones futuras. Esto es posible en la medida en que experimento en mi vida la advertencia amorosa de la presencia de Dios en la propia vida, que me muestra destellos del más allá.
Fray Eduardo Agosta Scarel, O.Carm.




